El Blog de rosa navarro

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LA FELICIDAD QUE DUELE

flor de la vida felicidad
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LA BÚSQUEDA DE LA FELICIDAD

El común de los seres humanos tiende a la búsqueda de la felicidad a la vez que procura alejar y alejarse del sufrimiento. Esta persecución del bienestar como meta de cada individuo es independiente de la edad, clase social, credo o etnia.

Sin embargo, a pesar de estos grandes esfuerzos, la felicidad, además su condición de don difícil de alcanzar, cuando se obtiene, resulta transitoria, efímera, como ese rayo que aporta un segundo de luz al paisaje emocional, para volver a caer de nuevo en la oscuridad de las preocupaciones y emociones conflictivas.

En virtud de lo anterior, deberíamos cuestionarnos si el itinerario por el que buscamos la felicidad es el adecuado, o si por el contrario entraña un sacrificio doloroso y con resultados escasamente satisfactorios.

Durante más de 30 años he practicado meditación. A lo largo de estas tres décadas he aprendido sobre la naturaleza de la felicidad, sobre los tejidos del sufrimiento, sobre los caminos de la verdadera esencia. Conocer en profundidad estos apartados constituye el primer paso para podernos liberar de las causas íntimas del dolor y poder conectar con una mente feliz libre de condicionamientos limitantes.

 

 

OBSTÁCULOS PARA LA FELICIDAD


El principal obstáculo para hallar un estado de plenitud duradero lo representa la búsqueda de ella fuera, el rastreo de nuestras circunstancias ajenas, de nuestros prójimos. Estamos condicionados por nuestro sistema de creencias, heredado o adquirido e identificamos, erróneamente, lo bueno y lo malo para aproximarnos o distanciarnos, respectivamente. Pero este no es el trayecto adecuado para el descubrimiento de la felicidad porque esta, en esencia, reside en nuestra mente y solo en ella y desde ella la podremos reconocer.

Este sentido de dualidad procede de la mente racional. A la mente egoica se la reconoce por una asociación con la identidad de dolor. Es la propia mente la que nos hace creer que no somos válidos, que no merecemos amor, prosperidad, bienestar, armonía. Esa misma mente que nos induce a creer que estamos limitados por nosotros mismos; una mente que nos impide abrirnos a experimentar la luminosidad, la alegría, la compasión que, de forma innata y natural, residen en la mente sagrada o búdica.

Cuando las acciones que realizamos para encontrar la plenitud emergen de esta mente racional (condicionadas por emociones conflictivas como el miedo o la esperanza), no surgen como respuesta a un estado de apacibilidad y conexión con un estado superior de la consciencia; de este modo, estas acciones terminan aumentando el sufrimiento e invalidando el esfuerzo por alcanzar esa plenitud.

El segundo de los obstáculos para obtener ese estado de confort espiritual absoluto viene representado por el hábito que la mente egoica tiene para focalizar su atención en el dolor. Resulta imprescindible pues tomar consciencia (y conciencia) de este hábito para podernos deshacer de él.

Si observamos la mente comprobaremos fácilmente su apego hacia el dolor. Cuando sobrevienen pensamientos negativos o emociones conflictivas nos aferramos a ellas, las alimentamos y las agigantamos con nuestra persistencia a la vez que incrementamos el dolor que nos provocan. Este proceso se ha vuelto automático, inconsciente y completamente arraigado en la forma de experimentar la vida.

La meditación es una excelente herramienta para revertir ese hábito. Su práctica nos ayuda a conectarnos a nuestro yo profundo y a experimentar estados de alegría que residen de forma natural en él. Cuantas más experiencias tengamos de esos estados, la mente aprenderá a focalizarse en ellos y de ese modo iremos deshabituándonos.

Nuestro estilo de vida ayuda bien poco a esta tarea. La falta de tiempo, las preocupaciones, las frustraciones consumen mucha energía y nos resta poca para invertir en, simplemente, respirar la vida.

Por ello, resulta de capital importancia que aprendamos a asumir estas preocupaciones y dificultades como retos que nos ayudan a conocernos mejor, a entender cómo hemos creado la identidad de dolor y poder desasirnos de ella, a vivir, en definitiva, en el presente sin proyectarnos en experiencias del pasado, sin dejarnos colonizar por ansiedad ante el futuro.

Hay que superar el estereotipo de que la meditación es sentarse sobre un cojín y tratar de quedarse en blanco de mente. No, lo que la meditación procura es darle consciencia al momento presente, a las emociones que se activan cuando nos relacionamos, a los pensamientos y miedos que surgen cuando se nos plantean problemas con el dinero, con la salud, con nuestros seres cercanos. El proceso de la meditación convierte a estas dificultades en valiosas oportunidades que nos ayudarán a conocernos y a promover en la mente la transformación de esa tensión en conexión con nuestro entorno.

A través de ella, de la meditación, sentiremos un poder interno extraordinario ante la percepción de nuestra propia vida como plena.

El tercero de los conflictos lo plantea el sentimiento de aislamiento e individualidad que experimentamos, ese mismo que nos induce a perseguir esa felicidad para nosotros mismos. Esta práctica nos causa un arraigado sentimiento de soledad. Solo cuando sentimos la interconectividad de todos los seres podemos percibir que no estamos solos, que mi propio bienestar es el bienestar de los demás y el bienestar de los demás deriva en mi propio bienestar.

 


MENTE POBRE, MENTE RICA


La identidad de dolor alimenta la mente “pobre”, siempre insaciable en la obtención de nuevos estímulos; esa clase de mente nos devuelve una visión del mundo empequeñecida, asfixiante, perturbadora que nos recuerda constantemente que necesitamos esfuerzo para seguir vivos, que formamos parte de una sociedad globalizada competitiva en la que se nos exige ganar, ser mejor que el prójimo; una sociedad que no nos deja tregua para apreciar las circunstancias maravillosas que nos envuelven; una mente pobre que nos impulsa a vivir en una ingratitud constante y frustrante. En definitiva, la mente pobre nos arrastra al círculo vicioso en el que predominan el sufrimiento y la ansiedad.

Repletos de estos mecanismos tensionales se nos ha olvidado que, en nosotros, en lo profundo del espíritu, más allá de las aguas teñidas de lodo de nuestra conciencia dormida, existe, de una forma natural e innata, la mente “abundante”. Esta mente se ofrece abierta, dispuesta a presentarse a la vida con todos sus colores, matices y registros. Es la abundante una mente de aceptación profunda de lo que somos; ella nos hace percibirnos como seres completos; satisfechos al sentir que no necesitamos apenas nada material porque la dicha reside en el interior del alma. Esa misma mente que nos ayuda a tomar decisiones desde la conexión con la calma, la quietud y el silencio para alcanzar a su través la plena felicidad.

La mente pobre se alimenta de tensión y preocupación; la mente abundante se alimenta de amor, compasión y alegría; de nosotros depende la decisión de a cuál queremos alimentar para conducir nuestra vida.

Solo cuando se comprende esta dinámica es cuando se tiene la certeza de que el propio bienestar depende del estado de la mente, de cómo esta se proyecta y reconoce el mundo. Es entonces, y solo entonces, cuando irrumpe una autoconfianza poderosa al constatar que es posible intervenir sobre la mente, transformarla evitando esfuerzos innecesarios para controlar el mundo, a los demás, incluso a nosotros mismos.

Vivir en el presente y hacer del actual el momento más auténtico y grande de la vida también es una garantía de acceso a la estabilidad de la felicidad.

Si queremos pues emprender un camino espiritual, necesitamos una predisposición a desprendernos de la identidad empequeñecida con la que nos hemos alineado, a reconocer con un corazón receptivo y una mente despierta y proactiva; a poner de manifiesto que somos mucho más que aquel conjunto de limitaciones que nos coartaba el bienestar.

Si pretendemos alcanzar este tipo de felicidad, resulta necesario potenciar los estados de la mente abundante, volver los ojos a nuestro yo profundo y dejar de buscarla fuera, porque es en ese ser íntimo donde se encuentra el conjunto de respuestas a nuestras dudas existenciales. Llegados a ese estadio nos podremos relajar y hasta las mayores dificultades podemos afrontarlas de una forma distendida. Precisamente ese es el reto y a esta comprensión de la perfección esencial se le denomina “camino espiritual” o “el despertar”.

Buda proclamó que “no hay camino para la felicidad, la felicidad es el camino”; transcurramos pues por ese sendero de la felicidad, agradezcamos cada uno de los instantes de la vida sin valorarlos como buenos o malos; sencillamente respiremos esa esencia y sumerjámonos en esa plenitud íntima que deberá ser nuestra guía hacia el estado iluminado que solo requiere desprendernos de la felicidad que duele.

Rosa Navarro, creadora del Método Holístico de Autoconsciencia

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